Hoy he estado escuchando a uno de los músicos a los que idolatré y que, por motivos culturales, no suelo seguir mucho.

 

Esa juventud

Esa juventud, esa vigorosa juventud, el desparpajo y la seguridad. No solo parecían insignias de Vanilla Ice —en aquel momento decían de él que era el único rapero blanco reconocido por los negros bajo el verbo «rapero».

Simplemente genial: me encantaba. Me encantaba poner su vinilo en mi tocadiscos y escuchar sus canciones, esos mensajes al viento que se perdieron. Pero no fueron los únicos mensajes que se perdieron. Y no con el cambio de siglo, sino con el cambio de paradigma; cuando se pasó de lo analógico a lo digital.

Tristemente, he de reconocer, que somos pocos (tal vez una inmensa minoría) quiénes todavía compramos vinilos y CD, álbumes completos, que son para eso mismo: para escucharlo por completo.

 

Sí, sigo mezclando lo viejo con lo nuevo, estableciendo el mismo sentido de pertenencia, porque cuando escuchas mucho a un artista (sea músico, guionista o escritor), cuando lees mucho sus letras y el mensaje que esconde tras ella, acabas por tomarlo como parte intrínseca de ti. Pues bien, ese sentimiento, hace años que se perdió.

 

Hace algunos meses, hablaba con Ernesto, guitarrista de Pulso, le comentaba que había perdido la copia de su primer EP, editado en CD. Al día siguiente me trajo una no sin antes comentarme que ya nadie adquiere una obra musical completa, cualquier persona tiene a su alcance canales digitales donde escuchar los temas, solo unos, sin necesidad de escuchar un disco entero. 

 

REPERCUSIÓN

Esta misma percepción la he visto en palabras de otros artistas, pero, ¿qué repercusión tiene en la música?

La actual industria musical pasa, de manera irremediable, por el mismo balanceo que otros tipos de arte, donde, y de cara al artista, los contratos van de mal en peor. Las apuestas por nuevos talentos ha quedado relegado bajo la cultura del pelotazo; un tema bueno, solo uno, y a vivir de él. Pero no toda la culpa es de la industria, la mayor parte, por supuesto, siempre recaerá en el consumidor que se deja agasajar por las radiofórmulas.

Y es que, mientras en el cine se crean nuevos horizontes (series, canales de pago, grandes producciones audiovisuales, … ) en la música parece que todo está paralizado; no existe un actual presente, y todas las miradas van dirigidas hacia el pasado. No hay más que ver —mejor dicho; escuchar— las emisoras de radio; esas radio formulas del pasado que suenan actualmente, donde se escuchan temas de antaño, dando claro ejemplo de que lo actual o no existe o no merece la pena, salvo para esos temas que están elaborados a base del montante monetario con el que ganar audiencia.

 

Volviendo a Vanilla Ice, entonces existía el romanticismo, esa fabulosa cultura que nos encasillaba como verdaderos seguidores de un grupo o artista, donde el «like» se traducía en algo real; la compra de un disco, escuchar el álbum hasta la saciedad para luego compartir sus pormenores tras ese boca a boca que siempre existía —hoy quedó relegado a la inmensidad de las redes sociales donde cada cual apunta hacia la que más le conviene. Pero entonces, el mensaje al viento se queda vacío y a expensas de ser consumido por un hambriento que nunca existirá.

 

HAMBRIENTOS

Los anteriores hambrientos saboreábamos la miel de un futuro trabajo y, con cada nuevo álbum de nuestros artistas predilectos, revivíamos el anterior, otra vez, una y otra vez.

Toda esa desaparecida época, con todo ese romanticismo, pasó a ser desolado por las redes. Más yo sigo perteneciendo (como antes dije) a esa inmensa minoría que mima el trabajo del artista, sea el de antaño o el nuevo intérprete de esta incultura. Me agarro a los artistas locales, también a los internacionales, pero bajo la premisa de lo físico. Por supuesto que busco nuevas melodías —por los actuales canales— con las que poder rellenar el silencio en mis libros, pero al final acabo comprando los discos, da igual el formato, aunque prefiero el vinilo, pues realizar una búsqueda en Spotify a la plácida sensación de colocar la aguja.

Persigo con ansia nuevas voces, últimamente y desde hace años, sustituí el rap por el jazz, pero también me sigo posando en el rock y sus ecos de eternidad, en sus nuevos actores que tienen mucho que contar. Aquí sigo a la espera de que tanto Pulso como Sierpe me traigan un nuevo disco donde poder mecerme nuevamente en sus melodías y sus letras

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Por cantalejo

2 comentarios en «MENSAJES AL VIENTO»
  1. Como cuenta Apollo 440 en su soberbio tema «Music don’t die», nunca, creo que nunca morirá… sin embargo, mi auténtica preocupación es que la «buena» música sí muera; la minoritaria, la independiente, la conceptual, la distinta. Y como bien dices también, que desaparezca el formato físico, ya sea CD o Vinilo… Bastante dependientes somos ya de internet y los Smart Media como para estar obligados a escuchar la música necesariamente a través de ellos, reduciendo e incluso anulando, bajo mi punto de vista, una característica fundamental de la música, de la buena música… su capacidad de abstraernos y desconectar de todo. ¡¡Larga vida al soporte físico!!

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